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El legado de los mártires

La iglesia ha pasado por inolvidables e insuperables situaciones durante el tiempo del conflicto, la pérdida irreparable de personas inocentes, verdaderos hijos y miembros de la iglesia; que como consecuencia de expresar el amor, la verdad, la paz y la justicia han tenido que padecer el martirio que Cristo sufrió. Al respecto el Santo Papa Francisco manifiesta que “nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles”[1]; son cicatrices que hacen recordar el sufrimiento y amargura, pero que sobre todo nos hacen evidenciar el amor y la esperanza que de ellas surgen.


El Papa Francisco en el mensaje de la Jornada Mundial de la paz, expresa que “las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad”; pero como sabedores que nuestro origen común es Dios y como hijos suyos debemos buscar una verdadera fraternidad y el deseo de paz inscrito en nuestros corazones, y con la ayuda de su hijo amado, Cristo, vivo en medio de la comunidad es posible vencer el odio y la muerte; así mismo nos explica que este no es un camino fácil de recorrer, “es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza”.


El Santo padre nos exhorta que es tiempo de desactivar los odios, a que renunciemos a la venganza que no hace más que no poner fin a este tipo de actos violentos, además nos motiva a que nos abramos a la convivencia de los unos con los otros, que logremos el perdón que por medio de nuestro padre lo podemos obtener; que dejemos aun lado el deseo de querer dominar a los demás, que aprendamos a vernos como personas, hermanos, y aun mejor como hijos de Dios. Las marcas de una masacre de seres consagrado a Dios, y más aún los que murieron en defensa de su prójimo, no deben de ser olvidadas, ya que por medio de estas se ofrece el mayor homenaje que la iglesia tributa a Cristo, demostrando la omnipotente presencia del redentor por medio de frutos de fe, esperanza y caridad de hombre y mujeres de diferentes lenguas y razas, que han seguido a Cristo en las distintas formas de la vocación cristiana.

 

“¿Por qué se mata? Se matan porque estorban. Para mí que son verdaderos mártires en el sentido popular. Naturalmente yo no me estoy metiendo en el sentido canónico, donde ser mártir supone un proceso de la suprema autoridad de la Iglesia que lo proclame mártir ante la Iglesia universal. Yo respeto esa ley y jamás diré que nuestros sacerdotes asesinados han sido mártires todavía canonizados. Pero sí son mártires en el sentido popular. Son hombres precisamente que han predicado esta incardinación con la pobreza. Son verdaderos hombres que han ido a los límites peligrosos, donde la UGB amenaza, donde se puede señalar a alguien y se termina matándolos, como mataron a Cristo”

Homilia del 23 de septiembre de 1979

 

Los cristianos son pues hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los momentos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de este: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿Cómo podemos esperar que nos sea eximida la lucha? Pero, al centro de la tormenta, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando que ha sido abandonado.

Jesús conforta a los suyos diciendo: «Ustedes tienen contados todos sus cabellos» (Mt 10,30). Para decir que ningún sufrimiento del hombre, ni siquiera el más pequeño y escondido, es invisible a los ojos de Dios. Dios ve, y seguramente protege; y donará su rescate. De hecho, existe en medio de nosotros Alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los oscuros engaños, de quien lucra sobre la piel de los desesperados, de quien aplasta a los demás con prepotencia… Alguien que escucha desde siempre la voz de la sangre de Abel que grita desde la tierra.

El Papa Francisco en su catequesis de la Audiencia General de junio 2017 dice: “A veces, leyendo las historias de tantos mártires de ayer y hoy – que son más de los mártires de los primeros tiempos –, nos quedamos sorprendidos ante la fortaleza con la cual han enfrentado la prueba. Esta fortaleza es signo de la gran esperanza que los animaba: la esperanza cierta que nada y nadie los podía separar del amor de Dios donado en Jesucristo (Cfr. Rom 8,38-39)”.

“El martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (L. G, 42).

El martirio es el supremo testimonio de la verdad en la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. (CIC, 2473)

Jesús modelo de mártir eminente, profético

  • La muerte de Jesucristo, el mártir por excelencia, no fue un hecho aislado y disconexo de lo que fue su vida. Fue el momento culminante de toda ella.
  • Él es el mártir eminente: «He nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad» ( Jn. 18,37 )
  • Jesús es el mártir profético: Anuncia el Reino, denuncia el anti-Reino y vive como Hijo de Dios… Predice la persecución: “Me han perseguido a Mí y os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20)
  • Es mártir modélico: acepta libremente el sacrificio de la cruz, cumple la voluntad del Padre, perdona a los que le persiguen y muere poniendo su vida en manos del Padre.

¿Qué podemos aprender del valor y la fortaleza de los mártires para nuestra vida, hoy?

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